TE ENCONTRÉ

La encontré bajo una mesa. Se había escondido. Llevaba varios años allí.

Una vez fue vital, divertida, simpática, alegre, enérgica.

Arrastraba una gran fuerza interior que ni conocía, casi tan grande como su sonrisa permanente, que a veces no le llegaba a los ojos.

Era una leona disfrazada de gacela.

Y su capacidad de amar era infinita.

Sabía curar heridas.

Enamoraba su sentido práctico para decir: “Las cosas son así, quedémonos con lo bueno”.

Y en algún momento del camino, se perdió. No supo cómo.

La rutina dejó paso al aburrimiento. La apatía se instaló en su vida.

El abandono de ilusiones, la falta de reconocerse a sí misma y valorarse a costa de que dejaran de reconocerla y valorarla.

Yo la encontré allí acurrucada, casi escondida.

Le ofrecí la mano, pero no confiaba. Creyó que no podía salir. Las piernas estaban entumecidas de permanecer tanto tiempo agachada.

Me dediqué a cuidarla, a mimarla.

Fueron horas leyéndole, cantándole, intentando sacar su luz afuera, que no sólo no se había apagado, sino que era capaz de iluminar una ciudad entera.

Y cada pequeño gesto fue un aprendizaje.

Hubo momentos duros.

Cuando conseguí que estirase las piernas un poco, dolían, el hormigueo le hacía padecer calambres. Pero aguantó el dolor.

Luego fueron los brazos, y después el resto del cuerpo.

Y tres años después conseguí que saliese de su encierro.

Una manta, cosida por cada mano amiga, la protegió del frío, y cada una de esas manos le sirvió de bastón por si tropezaba.

Recordó que antes pintaba, leía, escribía, escuchaba música.

Y entonces descubrió que sólo ella podía curarse a sí misma, con ayuda de esas manos pero desde dentro de sí.

Y entendió que reconocerse y valorarse era la mejor manera de caminar.

Y cuando se cuidó a sí misma, entonces empezó a cuidar de los demás.

Y un día alguien le preguntó si no se cansaba de atender, cuidar, proteger, escuchar.

-Jamás,  respondió, porque esa era su misión en la vida.