MENSAJE EN UNA BOTELLA

Se despertó al amanecer, la cabeza le daba vueltas y tenía la boca seca. Se había pasado con el vino la noche anterior.

Se dio cuenta de que estaba sola, con toda la ropa puesta. Empezó a hacer memoria y recordó vagamente. Habían estado viendo una película, “Mensaje en una botella” y habían pedido una pizza. Su amistad era reciente pero compartían gustos, risas, momentos. Se emocionaron viendo la película, se abrazaron en silencio, lloraron hablando de sus respectivas heridas.

El vino fue el culpable de todo, el vino y la soledad.

Después todo fue como una neblina densa, su memoria trajo retazos de algún beso, de que la subió por la escalera entre risas, de que se miraron muy cerca, al lado de la cama.

Todo lo demás estaba borrado. Tuvo la certeza de que no habían ido más allá.

Bajó a la cocina a por un vaso de agua. Sobre la mesa estaba la botella de vino vacía. Atada a su cuello había una nota.

No sé porqué siempre meto imposibles en mi vida. 
Ayer traspasamos una frontera que no debimos traspasar, porque estábamos compartiendo soledades y eso al final crea adicción.  Nos hemos necesitado y yo no quiero necesitarte porque no puedo tenerte. Porque yo no quiero el cuerpo de alguien cuyo corazón está en otro lugar. Porque no quiero recoger los restos de alguien a quien no correspondieron,  porque si él no vuelve, tu corazón se quedará allí y tendrás una bonita cicatriz para recordarlo y porque yo no soy una paloma para que me tiren migajas.
Yo no voy a llamarte llorando pidiendo que me des algo que no podrás darme.
Y como soy especialista en despedidas, aunque no me gusten, creo que deberíamos dejar aquí nuestra amistad o lo que sea. No voy a llenar el hueco que debería estar llenado otra persona, aunque, bien pensado no hay hueco, porque él sigue ahí y lo ocupa todo.
Eres un amor y te mereces que te quieran mucho y bien, pero yo también.
Y no vamos a seguir alimentando nada porque yo quiero que me curen las heridas, no hacerme otra nueva. Y si seguimos alimentando esto, habrá otra herida más que curar.
Cuídate mucho Triana

Resbaló una lágrima por su mejilla. Sabía que el mensaje tenía razón. Hay huecos imposibles de llenar.

Se vistió y salió a la playa, a su playa, en aquel lugar al que no llegaba el mar, pero que era un paraíso.

ANA FERNÁNDEZ DÍAZ

SINERGIAS

Durante este confinamiento al que hemos estado sometidos, algunas personas emplearon su tiempo de encierro de múltiples formas diferentes: cocina, limpieza, bricolaje, repostería, etc. Confieso que he hecho incursiones en algunas de ellas, sino en todas y todas, me han aburrido soberanamente.

Tirando de mis facetas artísticas, decidí retomar la pintura, con la que había experimentado tangencialmente años atrás. Sorprendentemente no se me olvidó lo poco que sabía y he añadido nuevos conocimientos gracias a la omnipresente internet.

Aparejada a la actividad artística, he recibido noticias de valiosas amistades, algunas de las cuales me han inspirado para este pequeño experimento que hoy os muestro.

Por una parte, una amiga muy querida a la que admiro muchísimo como escritora y como persona, dejó en mis manos un audio con una preciosa voz interpretando uno de sus textos con una música de fondo.

Por otra parte, un amigo muy querido al que admiro muchísimo como persona y como escritor, decidió crear un blog en wordpress y en una de nuestras charlas durante la creación de su espacio, mencionó la idea de recitar poemas de otros con su cálida voz radiofónica.

Os recomiendo que visitéis sus respectivos espacios web porque son canela fina.

Todo esto y el tiempo libre que abundaba durante la cuarentena me llevó a valorar la idea de hacer mi propio vídeo poema; una idea que rondaba mi cabeza desde que recité algunos en público, pero que no había llevado a término todavía.

Como mis conocimientos tecnológicos son bastante escasos, nuevamente eché mano de mi querido Pedro que realizó toda la parte técnica, soportando mis cambios de opinión con estoica paciencia.

En su blog podéis encontrar el poema con una versión distinta de la pieza musical que lo acompaña y recitado por su voz, que suena infinitamente mejor que la mía.

Gracias Pedro

Espero que os guste

Ana Fernández Díaz

DIARIO DE TRIANA XIII

Contemplábamos la nieve caer tras la ventana de la cocina y el fuerte viento aullando feroz nos estremecía. Aunque quizás la que se estremecía era yo al contacto de unos labios tras mi oreja y el roce de una caricia deslizándose por mi espalda. Recordaba entonces cómo habíamos llegado corriendo a nuestro refugio aferrados de la mano luchando contra el huracán. La escena inspiraba un poema. Como un relámpago noté otro estremecimiento al recordar algo; me giré  de pronto.

-¿Qué pasa?-Mi teléfono-¿Qué…?Corrí a buscar en los bolsos de la chaqueta y por todo el salón. -¡Me lo he dejado en la estación de Sky!-¿No jodas?-Sin joder es como te vas a quedar porque tengo que ir a buscarlo.-Triana, no podemos salir con esta tormenta, es una locura.-No saldrás tú, a mí no me va a parar esta tormenta ni tres como ella.Cogí mi equipación y salí.
Detrás de mí escuchaba todo tipo de improperios sobre las mujeres inconscientes que salen a las tormentas sin pensar en las consecuencias.Caminar por la nieve contra el viento era realmente agotador. Me ardían las manos y la cara, en parte por mi mala cabeza y en parte porque el viento azotaba tan fuerte como si finísimos cristales cortasen mi rostro.Cuando llegó a mi altura ya habíamos recorrido la mitad del camino; una subida bastante pronunciada que nos obligaba a doblar el esfuerzo. Llegamos exhaustos a la puerta de la estación cuando empezaba a anochecer.Entramos con una ráfaga de viento que casi nos lleva al suelo.Justo en la entrada, sentado en un cómodo sofá se encontraba Pedro, el conductor de la máquina que nos había llevado de excursión por la mañana.-¡Estáis como las cabras! ¿Cómo se os ocurre salir con este tiempo?-Triana olvidó aquí su teléfono y hemos venido a ver si alguien lo ha encontrado- dijo con cara de resignación.-No se le olvidó aquí, lo dejo en la máquina después de la excursión, pensaba llevaroslo mañana; no se me ocurrió ni por lo más remoto que fuerais a subir con esta tormenta.-¡Muchas gracias! ¡Por dios qué disgusto tenía, tengo media vida metida en este cacharro!-¡Venga!, os invito a una cerveza y luego os bajo en la pisanieves. Una hora y muchas risas más tarde, Pedro nos dejó en nuestra cabaña.
 La sorpresa llegó al abrir la puerta y darnos cuenta de que una de la ventanas estaba rota. El viento había arrastrado una rama con violencia contra el cristal, destrozando a su paso las macetas que decoraban el alféizar, haciéndoles caer dentro del pequeño salón. El disgusto fue mayúsculo al comprobar que todo el suelo estaba cubierto con la tierra de las plantas, ramas y nieve derretida por la alfombra; un completo desastre.

Mis ojos se llenaron de rabia al comprobar que la mesita al lado del sofá también estaba empapada y sobre ella, mis cuadernos de poemas, habían sufrido una catástrofe.

-¡Mis poemas, mis escritos, no puedo creerlo!

Corrí a comprobar el estado de mi tesoro más preciado; tinta removida, páginas mojadas…

-¡No puedo creerlo, mi trabajo de tanto tiempo!

Experiencias, llantos, amores y odios, trozos de mí y de los distintos momentos vividos, estaban arrasados.

-¡Maldita sea! ¡Joder! ¡Mierda!

Lloré mientras los recogía y secaba con la manga sus páginas. Todo lo que contenían tenía un valor sentimental importantísimo. Toda yo, estaba en esos cuadernos.

-Cariño, lo siento mucho, lo siento profundamente- me abrazó con ternura mientras yo sollozaba, -lo recuperaremos, no te preocupes.

-Sé que lo puedo volver a escribir de nuevo porque todo está guardado en mi portátil, pero estos cuadernos escritos a mano, guardan muy bellos recuerdos, tú lo sabes.

– Si, claro que lo sé, pero esos recuerdos no se pueden borrar Triana. Están contigo para siempre.

-Venga, vamos a tratar de limpiar todo esto un poco.

-Si -respondí con un hilo de voz.

Recogimos toda la tierra y los trozos de barro de las macetas; sequé el suelo mientras él llamaba a los propietarios de la cabaña, que acudieron enseguida para ofrecernos otro alojamiento y para asegurar la contraventana en ausencia de cristal, hasta el día siguiente que vendrían a repararla. Decidimos quedarnos allí para no tener que hacer el equipaje. Con unos clavos fijaron las contraventanas.

Cuando se fueron, nos preparamos una cena rápida, cenamos y recogimos todo. Mientras se enfriaban su café y mi té, me acerqué a la ventana de la cocina. Contemplaba la nieve caer. Se acercó por detrás y me abrazó.

-¿Estás mejor?

-Si, me he entristecido mucho, pero no se puede hacer nada. ¡Menudo día, eh! -sonreí y me giré abrazándole y buscando su boca que me llenó de mil besos tiernos.

-No cambies nunca, Triana.

 

-Gracias

-Gracias a ti por estar tan llena de vida, por ese coraje tuyo para salir a la tormenta y por tu fuerza y tu ternura.

Nos fuimos a la cama y nos quedamos abrazamos en silencio, pensando acerca de lo mucho que puede cambiar todo en un instante y también de lo rápido que pasa la vida; de que un pequeño acontecimiento puede borrar años de trabajo o un gran acontecimiento es capaz de unir a las personas como nunca antes.

Y de que ese abrazo puede ser el refugio perfecto cuando el mundo se derrumba.

Me desperté de madrugada, empezaba a amanecer y ya no se escuchaba ningún resto de tormenta, solo calma. Miré en la penumbra los rasgos de su cara, los hombros, atenta a la respiración tranquila. Hay personas que son hogar, refugio, puerto en el que resguardarse cuando aprieta la vida, inspiración y ejemplo, personas que no desfallecen, luchadoras, honestas, compasivas, amables; de esa pasta especial de la que están hechos solo unos pocos. Allí, frente a mí, estaba una de esas personas y allí tuve la certeza de que le amaba. Respiré profundamente, consciente de ese momento de plenitud y pensé que la felicidad tenía que ser, por fuerza, algo muy parecido a aquello que sentía.

Triana

“Come away with me” Norah Jones

DIARIO DE TRIANA XI

Aparqué el coche en batería, justo en la calle que conducía a tu apartamento. Enfrente, la playa, esta vez tu playa. La lluvia empapaba los cristales impidiéndome ver con claridad la calle desierta, de manera que decidí bajarme y pasear. Abrí el paraguas y descendí accionando el mando para cerrar el coche. Y en ese momento te vi. Allí, en la acera de enfrente, con la media sonrisa, esperando bajo la lluvia que en ese momento era fina y constante. Nos miramos, apenas unos segundos mientras yo cruzaba la calle. Recuerdo tu cara llena de emoción, y el gesto de tu mano, abierta, esperando la mía. No hubo beso, ni abrazo, solo mi mano, que sabía el camino y se deslizó en la tuya que la acogió mientras me susurrabas:

—No digas nada, déjame disfrutar de este momento.

Y supe que había llegado a mi hogar.

Caminamos a lo largo de varios metros, en silencio, acariciando el instante largamente esperado, y deseado. Miradas que decían lo que tanto habían callado, corazones latiendo fuerte en el pecho.

De repente empezaste a hablar, nervioso, contando mil cosas a la vez, y yo solo pude mirarte enamorada al tiempo que te paraba y cerraba tus labios con un beso.

Por fin estábamos juntos de nuevo. No sé cómo entramos en el portal, ni en tu casa, solo recuerdo mi mano acariciando tu cara, tu pelo, tus manos, y la urgencia por tener tu piel en la mía.

—Déjame que acaricie tu piel, solo eso— pediste.

Lentamente —como siempre me dices— me quitaste la ropa, de pie, mis manos temblaban desabotonando tu camisa, y unimos nuestro pecho, por fin, las pieles erizadas, se tocaban después de tanto tiempo.

—TriAna, quiero guardar tu olor dentro de mi, dijiste mientras te arrodillabas deslizando tu nariz sobre mi vientre. Mis dedos en tu pelo, llevaron tu cabeza del ombligo al monte de Venus, y la boca sedienta me hizo promesas calladas de placer latiente.

La alfombra del salón hizo de cama improvisada cuando de rodillas a tu lado besé tu boca aún con sabor a mi. Parecíamos penitentes purgando sus pecados, allí de rodillas, desnudos, delimitando la piel del otro. Desbordado de deseo, tumbado esperándome. Rebosante de calor, sentada sobre ti, cerré los ojos cuando nos unimos por completo.

—Mírame TriAna

Los abrí, para contemplarte mientras me decía que me amabas. Permanecimos el uno en el otro, quietos, hasta que el deseo fue más fuerte que nosotros. Entonces estallamos de placer con todo el amor que nos teníamos.

Después nos dormimos el uno en los brazos del otro, sin deshacer la unión hasta que la naturaleza permitió que salieras de mi, mientras recitaba en un susurro un poema en tu oído.

Por este momento

merece la pena la espera

la incertidumbre,

la ingratitud de la ausencia.

Tu ausencia.

Por este momento contigo,

tu piel adherida a la mía

desnudo tu cuerpo y mi alma.

Por fin te tengo

y ahora

ya no dejaré que te vayas.

Descansa Mi amor

MI VIERNES DE POESÍA

Derramarme en ti

besar la lluvia en tus ojos cada día,

no dejarte nunca…

Derramarme en ti

ver esa mirada que me encuentro de repente

y en un campo de espigas mi piel se convierte

y pensar,

que hay algo en esa mirada

que me pierde.

Poema con algunas letras prestadas…

ANA FERNÁNDEZ

DIARIO DE TRIANA X

Nuevo ejercicio del curso de escritores Felming Lab en el que participo, de la mano de Juan Re Crivello. Está siendo muy divertido cambiar de registro en cada nueva entrada y esta vez me tocaba relato erótico. Los que ya conocéis a Triana, os podéis imaginar que ya era hora de que volviese, y para los que no la conocéis, os diré que en este blog, dentro del apartado que lleva su nombre, os podéis ir adentrando un poco en su casa de la playa. Poco a poco, no vaya a ser que contribuyamos al calentamiento global. Yo no me hago responsable de nada…

Ejercicio número siete del curso para escritores de Fleming Lab.

DIARIO DE TRIANA ARDIENDO

El calor plomizo caía sobre la tarde de Septiembre en la casa de la playa, y a pesar de que el sol se empezaba a resguardar tras las montañas que adornaban la parte trasera, los insoportables treinta grados me hacían sudar por cada poro.

Desde la cocina me asomé para contemplar cómo regaba mis preciados rosales, quitaba las hojas marchitas y removía la tierra. Preparé un té para mí y un café para el. Su torso desnudo ejercía una poderosa atracción sobre mí desde que le vi por primera vez. No era el cuerpo definido de alguien que pasa horas en el gimnasio pero a mi me atraían sus hombros torneados y las prominentes venas de los brazos.

Con dos golpecitos en el cristal hice que me mirase y le enseñé la cafetera con un guiño — ¿Quieres un café con hielo?— le pregunté con mi mejor sonrisa. Asintió con la cabeza mientras sujetaba la manguera entre las rodillas para lavarse las manos y la cara.

Preparé dos vasos grandes. En uno de ellos introduje medio limón y azúcar de caña para mi infusión, en el otro sólo el azúcar y café.

Descalza me moví hacia la nevera en busca del hielo. El fresco del congelador se escapó acariciando mis piernas sudorosas y dando una pequeña tregua al sofoco.

Cuando él entraba en la cocina volqué la cubitera sobre el mármol de la encimera y los pequeños cubitos salieron resbalando hacia los lados. Recogí varios de ellos para echarlos en el vaso de café y el resto en el té. Uno de ellos había recorrido un camino más largo y fue a estrellarse contra su mano que lo atrapó con agilidad, al tiempo que me miraba. De un paso se colocó frente a mí y deslizó el trocito helado sobre mis labios entreabiertos como a cámara lenta, una traviesa gota resbaló por sus dedos hasta caer justo en el centro de mi escote, provocando que dos prominencias se despertaran bajo mi vieja camiseta de tirantes. El hielo siguió su recorrido conducido magistralmente por la mano experta desde mis labios a lo largo del cuello dejando un rastro que lejos de refrescarme, aumentaba mi temperatura.

Mis brazos rodearon su cuello mientras me colocaba sobre la gran isla que ocupaba la parte central de la cocina. Tendida, acalorada, y mojada.

Abrió uno de los cajones justo debajo de donde me encontraba y sacó unas tijeras.

Con sumo cuidado cortó la camiseta desde abajo hacia el escote, en cortes precisos, certeros hasta dejarla caer a ambos lados de mi cuerpo. Después hizo lo propio con mi pantalón corto, empezando por un lado y subiendo hacia la cintura y luego el otro.

Dio un trago a su café y con uno de los hielos en la boca fue recorriéndome, erizando mi piel con los roces helados desde la boca al cuello y de ahí hacia abajo con cuidado de no dejar un solo milímetro sin el refrescante contacto. Al llegar al ombligo dejó caer allí el cubito a medio derretir para darle una tregua a sus labios y nuevamente lo recogió bajando después hacia mi vientre. Cada gota de agua resbalaba cadenciosa por mis ingles yendo a parar a la encimera, mojando los trozos de mi pantalón cortado. Cerré los ojos y disfruté del contacto cuando llegó al centro de mi ser con el hielo entre los labios de ambos. La fría caricia no me enfriaba, me encendía. Y el agua goteante se unió a mi goteante marea. Una helada lengua la fue recogiendo. El infierno empezó con un hielo.

ANA FERNÁNDEZ

MI VIERNES DE POESÍA

Allá por el mes de Abril, uno de mis poetas favoritos, escribía en su blog una composición fabulosa acompañada de una canción que yo he compartido con vosotros en una entrada de la semana pasada.

Allá por el mes de Abril, uno de mis poetas favoritos, escribía en su blog una composición fabulosa acompañada de una canción que yo he compartido con vosotros en una entrada de la semana pasada. Al leer su poema, a mí me brotó otro. Como muchas de las veces que Pink y yo nos leemos, el que lee, deja su aportación en los comentarios en forma de poema o de relato que completa la entrada del que escribe. Bien, pues esta semana Pink me ha pedido que publique en mi blog aquel poema que yo le dejé y como no puedo negarle nada porque le adoro, aquí os lo dejo. Para entenderlo mejor os aconsejo que leais el suyo primero. Lo podéis encontrar aquí.

CELOS DE LA LLUVIA

No des más vueltas

no busques nada

ni tengas dudas,

es mi mirada

la que te busca enamorada.

Mis emociones y nuestro llanto

¡Cómo he podido extrañarte tanto!

Es mi sonrisa

que tu dibujas,

tus labios dulces

los que la ocupan.

No tengas celos

ni de la lluvia,

atardeciendo y enloqueciendo

soy solo tuya.

Y aunque me moje

y me acaricie

no tengas dudas.

ANA FERNÁNDEZ

DIARIO DE TRIANA IX

Llegué a mi casa de la playa a media tarde. Había estado unas semanas de viaje y estaba deseando recorrer descalza el camino de arena que separaba la carretera de mi pequeño refugio al lado del mar.

Llegué a mi casa de la playa a las seis tarde. Había estado unas semanas de viaje y estaba deseando recorrer descalza el camino de arena que separaba la carretera de mi pequeño refugio al lado del mar. Dejé la maleta a mi lado, en el suelo y me agaché para quitarme los zapatos. Mis pies agradecieron el contacto con la arena fresca después de varias horas de viaje y cerrando los ojos disfruté por unos segundos de la sensación. Llené mis pulmones del aire con olor a mar, del aroma de la tarde, de mi hogar en medio de la naturaleza. Cogí la maleta con una mano y mis zapatos con la otra y muy despacio, contando los pasos, caminé hasta la casa.

Todo estaba en calma. No sabía si habría alguien esperándome, pero lo que si sabía era que todo lo que necesitaba eran mi ducha y mi cama en ese momento, volver a mi hogar, a mi refugio.

Busqué una llave que siempre escondía bajo el porche, y allí estaba, lo que significaba que la casa se hallaba vacía y subí los dos peldaños de madera, notándola cálida bajo mis pies. Entré y el olor a rosas que invadía la estancia me llenó por completo. Suponía que él había recogido unas cuantas de la maceta que había tras la casa y adornaban un jarrón sobre la chimenea.

Dejé la maleta en la entrada y subí a mi habitación. Recorrí con mis dedos la barandilla de la escalera que daba acceso al piso de arriba, mis muebles, la cómoda, la mecedora que adornaba el hall entre mi habitación y el baño. Todo estaba limpio y recogido. Sobre la cama descansaba un precioso camisón de raso blanco, esperándome.

Lo recogí y entré en el baño. Mi reflejo en el espejo me devolvió una sonrisa y la cara de paz, señal de que me sentía en casa. Abrí el grifo de la bañera redonda y mientras el agua se calentaba me desnudé dejando caer toda la ropa al suelo despreocupadamente. Me di un baño relajante, mientras veía  a través de la ventana cómo caía la tarde sobre mi playa y el rojo del sol sobre el horizonte enmarcaba una postal perfecta para mí.

Me sequé con una de las toallas que guardaba en la estantería. Luego extendí una generosa capa de crema hidratante sobre mi cuerpo. Olor a jazmín que se mezclaba sutilmente con el olor de mi piel. Me puse el camisón de raso que erizó cada vello de mi cuerpo a su contacto frío, después recogí la ropa y me tumbé en la cama. Me quedé dormida boca abajo.

Unos labios dulces, suaves, tiernos, besaban mis pies, con ligerísimos toques en mis dedos, el empeine y los tobillos. No me moví, sólo disfruté de esa maravillosa sensación de una boca recorriéndome. Unos labios que quemaban mis piernas, a ratos como mariposas flotando sobre ellas, y a ratos devorándome. Una lengua exploradora acariciaba el interior de mis muslos hasta llegar a la frontera que el blanco camisón marcaba. Esos mismos labios que yo conocía tan bien, recogieron la prenda sedosa llevándola más arriba descubriendo mis nalgas redondas. La suave tela se escurrió sobre mi cintura y los labios abrasadores la siguieron por mi cadera y el costado derecho produciendo un estremecimiento y un gemido ahogado, al tiempo que escribían poesía sobre mi espalda.

Los labios torturadores subieron por mi columna vertebral hasta mi cuello arrastrando consigo el raso frío sobre mi piel ardiente. Ladeé la cabeza para dejarles paso hacia mi cuello, mi oreja y el mentón, y ellos no se detenían sino que reclamaban más territorio buscando mi boca para ahogar mis ya imparables gemidos.

Y mientras que una lengua ardiente poseía mi boca y buscaba mi lengua, unas piernas separaban las mías, unas manos se aferraron a mis manos y un cuerpo cubría el mío llenándolo de calor y deseo, entrando en mí sin esfuerzo.

-Te he echado de menos preciosa, susurraron los carnosos labios en mi oreja.

Y tras esas palabras, el propietario de los labios embistió mi cuerpo, con mesura primero y sin freno después, durante un rato en el que el placer fue el único protagonista.

Qué bueno es volver al hogar.

 

COMO LA TIERRA

Como el rumor del viento
callado, así te siento
esperando…

Como el rumor del viento

callado, así te siento

esperando.

Como la brisa fresca

sonriente, así te quiero

alegre.

Como el mar bravo

rompiente, así te anhelo

sobre mi cuerpo.

Como la lluvia fina

que empapa, así me dejas

mojada.

El viento, la brisa,

el mar, la lluvia

naturaleza,

somos los dos

lo más salvaje

como la tierra.