MI MOTIVO

Estos días en los que no dejamos de cocinar, de comer, de hacer limpiezas varias, me he puesto a hacer limpieza también por aquí. Hay mucha obra que hacer, algunas cosas viejas para tirar, algunas para restaurar, colocar los cajones y colgar algún cuadro…

Entre todo eso, encontré mi primera entrada en este blog, en la que resumo mi porqué de estar aquí y de escribir; había pensado cambiarla porque ya está desfasada por las fechas, pero he decidido que no, la dejó como la escribí en un principio, así es como debe estar y así es como todo empezaba en este universo. Algunas cosas han cambiado mucho, entre ellas, que ya no tengo casi cuarenta, voy rondando los cincuenta, ya no estamos noche a noche pegados al Facebook y solo algunos mantenemos contacto, pero en este domingo de tremenda nostalgia, quiero compartirla de nuevo con vosotros porque conviene recordarse, de vez en cuando, quiénes fuimos, quiénes somos y a dónde nos dirigíamos antes de la catástrofe. No es bueno perder el rumbo y yo, había perdido mi brújula.

Junio 2012

EL REENCUENTRO

Durante toda mi infancia y parte de la adolescencia viví y estudié en un maravilloso pueblecito de la montaña asturiana. Como era un sitio pequeño, lo habitual era que tus compañeros de colegio fuesen siempre los mismos, de manera que desde los cinco años hasta los dieciséis compartías vida y experiencias con esos compañeros.

Después de eso era obligado marcharse a estudiar o trabajar fuera y la mayoría de ellos así lo hicieron, igual que yo. A algunos volví a verlos en ocasiones, a otros nunca más.

Hace un año, el destino y la vida que da muchas vueltas, decidieron que volviera a encontrar a alguno de ellos a través de una red social que todos conocemos y sin la que ya no podríamos vivir.

En Facebook encontré a Elia y a Carlos y en un café recordando los viejos tiempos pensamos que al destino, a veces, hay que ayudarle un poco. Decidimos reunir al resto de nuestros compañeros después de veintidós años en una cena a la que llamaríamos «El Reencuentro». Gracias a la colaboración de algunos más y después de mucho planificar, formamos nuestro grupo en Facebook y logramos reunirnos diecinueve de los treinta y uno que formábamos el último curso del instituto.

 El día 7 de Abril de 2012 fue una noche mágica para todos que disfrutamos como nunca. A partir de ese momento, nuestro espacio de encuentro es ese muro de compañeros, al que arribamos día tras día y en el que con cierta asiduidad, he ido publicando mis reflexiones; unas veces dedicadas a ellos y otras, a experiencias, sensaciones o rutinas cotidianas. Todos esos compañeros están en cada reflexión, alguno de manera más intensa.

De ahí surgió la idea de este blog, que nace sin ninguna pretensión más, que la de plasmar las ideas de una mujer de casi cuarenta, a la que la emoción de encontrarse con amigos a los que no veía desde hace veintidós años, le ha despertado una vena literaria que tenía escondida en algún rincón, esperando el catalizador que le hiciera salir. A mis compañeros, que han sido ese catalizador, va dedicado de principio a fin.

Gracias a todos por estar en mi vida

Ana Fernández Díaz

DIARIO DE TRIANA XI

Aparqué el coche en batería, justo en la calle que conducía a tu apartamento. Enfrente, la playa, esta vez tu playa. La lluvia empapaba los cristales impidiéndome ver con claridad la calle desierta, de manera que decidí bajarme y pasear. Abrí el paraguas y descendí accionando el mando para cerrar el coche. Y en ese momento te vi. Allí, en la acera de enfrente, con la media sonrisa, esperando bajo la lluvia que en ese momento era fina y constante. Nos miramos, apenas unos segundos mientras yo cruzaba la calle. Recuerdo tu cara llena de emoción, y el gesto de tu mano, abierta, esperando la mía. No hubo beso, ni abrazo, solo mi mano, que sabía el camino y se deslizó en la tuya que la acogió mientras me susurrabas:

—No digas nada, déjame disfrutar de este momento.

Y supe que había llegado a mi hogar.

Caminamos a lo largo de varios metros, en silencio, acariciando el instante largamente esperado, y deseado. Miradas que decían lo que tanto habían callado, corazones latiendo fuerte en el pecho.

De repente empezaste a hablar, nervioso, contando mil cosas a la vez, y yo solo pude mirarte enamorada al tiempo que te paraba y cerraba tus labios con un beso.

Por fin estábamos juntos de nuevo. No sé cómo entramos en el portal, ni en tu casa, solo recuerdo mi mano acariciando tu cara, tu pelo, tus manos, y la urgencia por tener tu piel en la mía.

—Déjame que acaricie tu piel, solo eso— pediste.

Lentamente —como siempre me dices— me quitaste la ropa, de pie, mis manos temblaban desabotonando tu camisa, y unimos nuestro pecho, por fin, las pieles erizadas, se tocaban después de tanto tiempo.

—TriAna, quiero guardar tu olor dentro de mi, dijiste mientras te arrodillabas deslizando tu nariz sobre mi vientre. Mis dedos en tu pelo, llevaron tu cabeza del ombligo al monte de Venus, y la boca sedienta me hizo promesas calladas de placer latiente.

La alfombra del salón hizo de cama improvisada cuando de rodillas a tu lado besé tu boca aún con sabor a mi. Parecíamos penitentes purgando sus pecados, allí de rodillas, desnudos, delimitando la piel del otro. Desbordado de deseo, tumbado esperándome. Rebosante de calor, sentada sobre ti, cerré los ojos cuando nos unimos por completo.

—Mírame TriAna

Los abrí, para contemplarte mientras me decía que me amabas. Permanecimos el uno en el otro, quietos, hasta que el deseo fue más fuerte que nosotros. Entonces estallamos de placer con todo el amor que nos teníamos.

Después nos dormimos el uno en los brazos del otro, sin deshacer la unión hasta que la naturaleza permitió que salieras de mi, mientras recitaba en un susurro un poema en tu oído.

Por este momento

merece la pena la espera

la incertidumbre,

la ingratitud de la ausencia.

Tu ausencia.

Por este momento contigo,

tu piel adherida a la mía

desnudo tu cuerpo y mi alma.

Por fin te tengo

y ahora

ya no dejaré que te vayas.

Descansa Mi amor

DIARIO DE TRIANA VII

 

Llovía a mares, y el frío otoñal calaba los huesos.

Salí a por un poco de leña, que guardaba bajo el porche de madera, para la chimenea. Tiritando cogí unos troncos gruesos y un par de piñas que usaba para encenderla como había aprendido de mi madre, siendo aún muy pequeña, cuando vivíamos en la casa del pueblo. El ritual de encender la cocina nos acompañaba cada mañana, arrimaba una piña que calentaba en el fogón de gas y cuando ésta se encendía, la introducía en la cocina, apoyaba sobre ella otra piña más y rodeándola unos pequeños trozos de madera.

Entré en casa, me descalcé y me arrodillé delante de la chimenea. Cogí un encendedor que siempre guardaba en la repisa que la enmarcaba y empecé el ritual, las piñas, los pequeños trozos de madera…Era necesario esperar unos minutos para que el fuego prendiese bien la madera, y los aproveché para poner música, Alison Moorer empezó a cantar country llenando de nostálgicas notas la estancia.

Llené la chimenea de troncos. Cogí mi libro favorito y mi mantita. El sofá frente al fuego y la mullida alfombra enmarcaban el cuadro perfecto para la tarde de noviembre.

La paz de la lectura y el calor  provocaron que me quedase dormida, tras largas noches de insomnio no era muy difícil.

No le escuché llegar, ni abrir la puerta, ni arrodillarse a mi lado sobre la alfombra. Me contemplaba con brillo en los ojos, enmarcado por la luz de la chimenea, acercándose para besarme cuando empezó a sonar A soft place to fall.

-¿Bailas preciosa?

-Por supuesto.

La manta resbaló del sofá al suelo cuando cogí la mano que me ofrecía para bailar.

Estrechó mi cuerpo en sus brazos, la mano en mi espalda, abierta, notando cada uno de mis músculos con los dedos, provocando una descarga eléctrica con el contacto largamente esperado, al tiempo que empezaba a mecerme al ritmo de la música. Cerré los ojos y floté.  Nuestros cuerpos pegados, rodeados por el calor sofocante del fuego, no sé si de la chimenea o de nuestro fuego interior debido al deseo acumulado durante la ausencia.

Inclinando mi cabeza sobre su hombro acerqué más mi cuerpo, entrelazando las piernas en el baile lento, notando su deseo por mi en cada movimiento, sintiendo sus latidos en mi pecho. Subí mis brazos alrededor de su cuello, estirándome para poder besarle. Mis labios en los suyos, mi lengua invadiéndole mientras sus manos recorrían ya sin censura la parte baja de mi espalda.

Mis manos bajaron a la cintura, buscando el final del jersey que fui subiendo hasta quitárselo, dejando su pecho al descubierto para posarlas justo en él y entretanto le besaba con mimo a la vez que las manos seguían su recorrido esta vez quitando el cinturón y desabrochando botones. Sus gruñidos me mostraban el camino indicado. Le empujé al sofá, dejándole ahí sentado mientras me desnudaba al ritmo de la música. Su media sonrisa y los ojos entrecerrados hicieron que me enamorase más si cabe.

-Te he echado de menos

-Ven aquí, me susurró.

Y fui… y me senté sobre él, en el sofá que había permanecido tanto tiempo con mi sola presencia y que ahora soportaba dos cuerpos en llamas consumidos por horas de esperas, de ausencias, de deseos contenidos, de amor a distancia. Los suspiros se mezclaron con la música, el calor del fuego con nuestro calor. Allí permanecimos hasta que se hizo completamente de noche.

-Bienvenido a casa.