ESTE ENCIERRO

Rebuscando dentro de la nada,
como un mendigo en un cubo de basura,
un resto que alimente ese fondo vacío,

en otro tiempo lleno de ternura;
Vacío de nutritivas palabras
enriquecedoras veladas,
ahora mas bien vanas.
Las agujas silenciosas
girando implacables este encierro.
El anhelo por volver a respirar la libertad
y un nuevo sueño.

Ana Fernández Díaz

ELLA

Se tomó unos minutos para volver a sí misma

tumbada boca arriba sobre la cama

las manos sobre el pecho,

consciente de su respiración

los ojos clavados en la luz.

Se vio entonces, en la sombra que la lámpara dibujaba en el techo

descubriendo los matices proyectados sobre el suelo.

Arriba y abajo como esa luz, sombras a veces, otras claros.

Estaba, era.

Allí, en ese instante, volvió a ser ella

ANA FERNÁNDEZ DÍAZ

ESCALERA 14

Once de Septiembre

el cielo de tus ojos

adorna la arena

de la escalera catorce…

Once de Septiembre

el cielo de tus ojos

adorna la arena

de la escalera catorce.

La luz ilumina mi espacio

cuando llegas,

vacilante pero entera.

Y el otoño se traduce en nuestro abrazo

cuando tiemblas.

Sin embargo

tras la emoción te encuentro serena.

Y eres tú, estás aquí, llegas,

y cuando te vas

todo TÚ se queda.

GRACIAS A M.J. BERISTAIN

AQUÍ Y AHORA

“Los niños no tienen ni pasado ni futuro, …, disfrutan el presente”

JEAN DE LA BRUYÈRE, Les caractères

Tener excelentes amigos tiene muchas más ventajas que inconvenientes. Una de esas ventajas es que te hacen regalos estupendos que te ayudan a ser mejor persona.

Mi amiga Ana me regaló uno de esos libros de los que hablo, y en la primera página ya, me encuentro con una frase que me sirve para la reflexión de hoy.

Durante la infancia, el tiempo pasa lento,  en llegar las vacaciones, tarda en pasar cada trimestre, tarda en llegar Navidad, tarda en llegar el cumpleaños, tardamos en crecer, en hacernos adultos, la mayoría de edad se hace eterna. Sin embargo la conciencia de que ese tiempo pasa lento, se hace patente en ocasiones muy puntuales, el resto del tiempo vivimos el presente con dedicación plena. No nos importa el pasado ni el futuro. Sólo el aquí y ahora.

Crecemos y empiezan las preocupaciones por el futuro. Los estudios, el trabajo, la pareja. Siempre pensando en lo que tiene que venir. Es el primer momento en que dejamos de vivir el presente para enfocarnos en lo que vendrá.

Maduramos y se añade un nuevo actor a la tragedia de vivir, el pasado.  A la vez que seguimos con las preocupaciones de lo que vendrá, de los hijos, de la casa, empezamos a lamentar lo que se fue y no vuelve, la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que no hicimos, de lo que no dijimos, de lo que hicimos y nos pesa. Nuevamente nos olvidamos del presente, y esta vez miramos adelante y atrás en lugar de disfrutar del aquí y ahora.

Esto se hace mucho más intenso con la crisis de los cuarenta, que nos recuerda que estamos a mitad de camino y es aquí cuando entra el vértigo de vivir. A mi me ha ocurrido así al menos. Es la terrible sensación de que lo que no hemos hecho, ya no podremos hacerlo, de que vamos tarde para según qué cosas. Esto genera una terrible ansiedad que a veces nos lleva a realizar verdaderas locuras pensando que es ahora o nunca. A algunas personas, esta sensación las lleva a profundas depresiones.

Cuando esta  crisis va moderando su intensidad, nos empezamos a dar cuenta de que no es tan terrible como pensamos. A medida que he ido leyendo artículos y opiniones sobre esta etapa de cambio, he ido dándome cuenta de que a todos nos ocurre algo parecido. Una vez que se va superando la parte más dura de ella, llega el aprendizaje. Siempre hay tiempo para cultivarse, para explorar, para amar, para estudiar, para realizarnos, sentirnos útiles.

Aprender a aceptar que la vida es el camino a recorrer, no la meta. Aprender a vivir el aquí y ahora, porque no sirve de nada lamentar lo que ya pasó, ni apenarnos por lo que nos queda, sea mucho o poco, que eso si que nunca lo sabremos. Cobra más  sentido que nunca la frase “vivir el presente”. Conscientes de que todo puede acabar en un momento.

También aprendes que cada día, tus personas queridas, estarán a tu lado por lo que eres, y no por lo que tienes. Por lo que significas para ellas, no por lo que les puedes dar. Das valor a lo que realmente lo tiene, que casi nunca es lo que puedes comprar con dinero, y dejas de llorar por lo que no pudo ser porque el tiempo pasado no vuelve.

Es hora de sentirnos niños y volver al momento presente. Sin recordar el pasado, ni ansiar el futuro. Aquí y ahora.

LOS MONOS TAMBIEN LA SUFREN

Pues parece ser que sí, que existe y ha llegado a mi vida. Ya me lo había advertido una amiga hace un tiempo, cuando me compré los patines y empecé a hacer locuras.
La tan manida “crisis de los cuarenta”, que todavía no los tengo, pero la muy cabrona es como la gripe que llega sin avisar, ha aparecido.
Y como mi cabeza normalmente no suele parar de dar vueltas, pues ahora en grado sumo.
Eso quiere decir, que todo lo que antes era cómodo, tranquilo, sereno, ahora es aburrido, y lo que antes me parecía arriesgado, peligroso, sin sentido, ahora resulta que me parece hasta atractivo.
Y claro, ponerse a patinar a esta edad tiene sus riesgos, por eso me decanté por el tema de correr que es mucho menos complicado, aunque también tiene su aquel.
En esta inquietud existencial, resulta que la pregunta que con más frecuencia me viene a la mente, es acerca de cuál es mi objetivo en la vida, una vez cumplidas las expectativas que todo el mundo da por supuestas tipo: trabajo, casa, familia.
Y una de las respuestas que más me ha convencido es la siguiente:
SER UN POCO MEJOR QUE AYER.
Esta respuesta me la ha dado alguien que acabo de conocer, y se lo agradezco infinito, porque creo que en la mitad de la vida, en tiempo de descuento, como dice otro amigo mío, tener como objetivo, ser un poco mejor que ayer, es aunque no lo parezca, el mejor que se puede tener.
Ahora sólo me falta saber, en qué quiero yo ser un poco mejor que ayer, porque claro, hay cosas en las que ya soy buenísima!!!
Y en otras, en otras más mala que pa qué!!
Espero que se refiriese a ser mejor persona, aunque creo que en eso….también tengo mucho que mejorar, o no…
Y para colmo de males leo en la revista Muy Interesante que los monos también la sufren, jajajajaja
¡Pues menudo consuelo que me queda!

 

DEMASIADOS ESTÍMULOS

Bueno, pues hoy mi reflexión va dedicada a todas las mamás, bueno y a los papás. Resulta que creo que a veces nos exigimos demasiado como padres. Quiero decir con esto que pretendemos no reñirles demasiado, ayudarles a estudiar, intentar que no se frusten si algo no les sale como esperan, no castigarles, estimular su imaginación con juegos, llevarles a teatro, al cine, al circo, a exposiciones,  a conciertos, al Botánico, al Acuario, a la Warner, a Disney…….bufffff. Todo un derroche de imaginación, dinero y planes para que nuestros hijos tengan todo lo que necesitan y mil cosas más que no necesitan. Y yo, soy una persona, a la que mi madre ha reñido mucho y un poco más, a la que nunca ayudaron a estudiar ni hacer los deberes, es más, con las explicaciones de clase, me bastaba, y hasta que terminé lo que entonces era la EGB, no necesité estudiar en casa. Si me frustraba por algo que no me salía bien, mi madre sacaba la zapatilla y ¡oye! se me pasaba en el acto. También me castigaron unas cuantas veces, y no necesitaba que estimularan mi imaginación, yo ya imaginaba de lo lindo, porque con dos  muñecas sólo que tenía, como para no imaginar. No fuí al teatro hasta que me hice muy mayor, y el circo pasaba por mi pueblo cada varios años. La primera película que vi en el cine fué “Coktail”, en la que salía Tom Cruise, y tendría yo más o menos 14 años. Por supuesto tampoco había Jardin Botánico, pero sabía mucho más de flora y fauna de lo que muchos de nuestros hijos saben ahora, el vivir en el pueblo es lo que tiene.
En resumen, a veces deberíamos pararnos a pensar un poco en todo eso que les damos de más a nuestros hijos. Reflexionar acerca de la cantidad de información que les metemos en la cabeza, de las prisas que les inculcamos, del poco tiempo que tenemos para, simplemente, mirarles a los ojos y escucharles lo que nos quieren decir. Y es que pensamos que tanta sobreestimulación les hará mejores personas, o más inteligentes, y que si les ponemos límites o consecuencias (antes se llamaban castigos), les vamos a marcar para toda la vida. Y sinceramente, yo ni tengo ningún trauma, ni creo que mis padres lo hayan hecho tan mal.