CONSTRUYENDO VIDA

La felicidad de pintar una silla,

pero no una silla cualquiera,

sino una propia.

Una construida con las patas de las agallas y el arrojo

con la madera de la fuerza para romper moldes.

Una pintura hecha de lágrimas y del poder que de ellas se extrae.

De la valentía para tomar riendas ante un camino incierto pero esperanzador.

Un acto de bricolaje convertido en un acto de libertad,

en el diseño de una vida.

El mismo cuerpo en distinto traje,

cambiando lo viejo por nuevo

y empezar de cero.

Con ilusión hago mi equipaje

dejo todo lo que cuesta,

me llevo sólo lo que vale,

mis libros de poemas,

mis afectos y unas llaves.

Y pinto mi silla y mi vida.

Ana Fernández Díaz

EL CUENTO DE LA PRINCESA

Hace un tiempo cayó en mis manos este vídeo que os pongo más abajo.

Es un poco largo pero merece la pena que lo veáis.

Se titula NO DUELEN SOLO LOS GOLPES, y Pamela, su protagonista nos cuenta su experiencia de una manera muy gráfica. Me impacta la historia, la fuerza de Pamela, la manera de contarlo. Me impactan las reflexiones a las que me lleva este vídeo, y lo único que puedo añadir es que hay muchas maneras, más sutiles, que aquí no cuenta Pamela, pequeños gestos diarios, frases sin intención o con ella, que una tras otra esconden la esencia del machismo. Y que debemos estar muy atentos porque esto, todo esto, lo estamos transmitiendo a nuestros hijos, y si no lo evitamos, la historia se repetirá cada día.

¡Y se repite eh!

Esto que ella cuenta lo vemos a diario en los adolescentes, bueno y en los que no lo son también…

Este verano, sin ir más lejos, tuve la ocasión de presenciar una escena en la playa, que para aquel que sólo va a tirarse a la toalla y criticar al vecino, pasaría desapercibida, pero para mi, que estoy atenta a todo lo que me rodea, me impactó profundamente.

Dos parejas de jóvenes, de unos dieciocho, quizás más. Muy chulitos y gritones ellos, muy guapas y sumisas ellas. Bromas y risas, que a mi ni puñetera gracia me hacían porque resaltaban esa esencia de machito que puebla determinada juventud. Una de las parejas decide ir al agua, el otro chico también se anima pero su rubia acompañante le recuerda que ya le había dicho al salir de casa que no se iba a bañar. El novio en cuestión le dice que si ella no va, el tampoco saldrá esa noche. Mi cara es un poema y espero la reacción de ella, que empieza a dar varias explicaciones, entre las que se cuenta que no quiere mojarse el pelo. Y su adorable acompañante, con voz muy bajita, para que nadie le escuche, empieza a susurrarle palabras, de esas que no intentan convencer a base de amor y respeto. No eran esas no… Eran esas otras amenazantes, sibilinas, sin voces, pero que hacen más daño porque maltratan desde dentro, mientras que ella sigue dando explicaciones de su negativa a ir a bañarse, hasta que llega al borde de las lágrimas de pura impotencia.

Por favor, que le mande a tomar por el culo y se vaya a su casa —pensaba yo—. Ella muy digna se levanta, y con toda su chulería le contesta —vale, pero el pelo no me lo mojo— y se va a bañar convencida de que se sale con la suya. A mi solo me apetece cogerla y decirle que si va al agua, está perdida, que si le «obedece» esta será la primera de muchas otras, que no vaya, que le deje, que salga con sus amigas esa noche y mande a la porra al imbécil ese que la obliga a ir al agua solo porque a él le apetece.

Y me quedo en la toalla, callada, con un nudo en el estómago, sin saber qué hacer…

Solo hubo algo que agradecí esa tarde. Mi hija, presenció la escena conmigo, y tuve la oportunidad de explicarle lo ocurrido con detalle. No os voy a poner lo que me contestó pero con el carácter heredado de su querida madre, os lo podéis imaginar. Me eché a reír y le pedí que jamás se dejase llevar por alguien así.

—¡No te preocupes mamá!

Ojalá me haga caso…

NO SOLO DUELEN LOS GOLPES

ESCALERA 14

Once de Septiembre

el cielo de tus ojos

adorna la arena

de la escalera catorce…

Once de Septiembre

el cielo de tus ojos

adorna la arena

de la escalera catorce.

La luz ilumina mi espacio

cuando llegas,

vacilante pero entera.

Y el otoño se traduce en nuestro abrazo

cuando tiemblas.

Sin embargo

tras la emoción te encuentro serena.

Y eres tú, estás aquí, llegas,

y cuando te vas

todo TÚ se queda.

GRACIAS A M.J. BERISTAIN

DORIS

Hoy os voy a hablar de Doris.

Doris es una cubana de casi setenta años que he tenido la suerte de conocer.

La conocí no hace mucho tiempo cuando entró a comprarme unos pendientes. Con ese acento maravilloso que adorna a cada cubano, me dijo que quería unos «un poco largos, que seguramente le gente pensará que a dónde va una señora de mi edad con estos pendientes», pero reflexiona ella:

-Yo “mija” estoy en una edad en la que me pongo lo que me apetece, porque una nunca sabe hasta dónde llegará.

-Pues me parece estupendo, póngase lo que le apetezca.

Y le conté que había leído una frase en la que una famosa decía que a sus sesenta y cinco años sólo quería hacer las cosas que le daban felicidad. Me responde Doris que a ella le ocurre lo mismo, que tiene sesenta y nueve años y que está en una edad…

-¡Ay qué edad! Fíjate como estoy que me acabo de comprar una bicicleta.

-¿En serio?

-¡Si!. Yo veía a los jóvenes por ahí andando en bicicleta y me apetecía tanto, que me he ido al centro comercial y me he comprado una. ¡Mira qué bonita!

Y Doris saca su teléfono y me enseña las fotos de su bici mientras me cuenta que a su hijo no le gustó mucho la idea, más que nada porque ella no sabía montar en bicicleta, de hecho esta es la primera que ha tenido en su vida, pero es tal la ilusión que pone al contármelo que me la imagino como una niña con zapatos nuevos.

-¿Y sale mucho en bici?

-¡Pues claro, ando como una bala! He ido muchos domingos al parking del centro comercial a dar vueltas para aprender y ahora no paro.

No pude evitar preguntarle su nombre y prometerle que le dedicaría una entrada en mi blog porque me encantan las personas que como ella jamás pierden la ilusión por aprender, por experimentar, por VIVIR.

Muerta de risa me dice —Ay mi niña, qué encanto— y se le llenan los ojos de lágrimas. Y a mi que me encanta hacer feliz a la gente, no me cabe el corazón en el pecho, y lo que no sabe Doris es que la que me ha hecho feliz a mi, es ella.

¡Ole tú Doris! Ole tú y todos los que son como tú.

MI VIERNES DE POESÍA

En el límite del tiempo

me amaste como aquel día,

en silencio,

quedo.

Construyendo ese momento

que guardamos para siempre

en secreto.

Un momento de ternura

en tus brazos

adherida a tu pecho

resguardada del viento

segura.

En aquel bello paraíso,

todo paz, calma y sosiego.

Luego llovió,

relámpagos, truenos.

Tu abrazo y nuestra pasión,

hicieron el resto.

SER FELICES TIENE UN PRECIO MUY ALTO

—¿Sabes esta sensación de querer decir mucho y no saber por dónde empezar?

—Si, esa misma.

Hoy va una reflexión desde la más pura emoción. Es una entrada como aquellas primeras que escribí hace ya cuatro años, en las que cada palabra salía de mi corazón, brotando sin control.

No sé muy bien si seré capaz de decir lo que quiero decir, o si se me entenderá.

Lo voy a intentar.

Desde hace ya un tiempo, por algún motivo que desconozco, muchas personas, amigos, depositan en mi su confianza contándome pedazos de sus vidas, momentos duros, tragedias a veces, tristezas, dudas. Yo escucho, también tengo esa capacidad, escucho, acojo, motivo, curo. No sé cómo, pero lo hago. Y lo hago de buena gana, me gusta servir de ayuda. Quizás una enorme capacidad para entender y no juzgar, quizás el cariño que pongo en las palabras, en los gestos, en la mirada.

Cada una de esas personas, atribulada, por motivos de trabajo, de dinero, de amor, de amistad, me entregan su dolor, y yo intento calmar en la medida de lo posible su pena.

De todas ellas, varias me han dicho con la emoción en el rostro, que se dan cuenta de que han perdido su vida siendo infelices.

Y a mi, se me cae el alma a los pies. La angustia me invade y solo me apetece gritar:

—¿Por qué?

—¿Por qué demonios perdemos la vida siendo infelices?

—¿Por qué no tomamos las decisiones que sabemos que nos llevarían al camino de la felicidad?

—¡Si solo tenemos una vida, solo una!

Y anoche una amiga muy querida —Nata, gracias— me dio la respuesta.

«Ser felices tiene un precio alto Ana»

Ser felices significa tomar decisiones dolorosas, ir contra la corriente, oponerte a la mayoría. Ser felices significa salirte del camino marcado. Tropezar, caer, arañarse, y levantarse de nuevo. Darte cuenta de que el lugar en el que estás, no es tu lugar, ni lo será nunca. Darte cuenta de que lo que aprendiste que debía ser, no es lo que tu quieres que sea. Darte cuenta de que los que te rodean no son como tú y has de buscar otros.

La gran tragedia es darte cuenta de todo esto demasiado tarde.

—¿Y cuándo es demasiado tarde?

—Cuando ya no te queden fuerzas para cambiar el rumbo, en ese momento, estarás muerto por dentro.

Así que, ajusta las velas y cambia de rumbo. Se avecina tormenta, pero tras las nubes grises, volverá a salir el sol de nuevo. No desperdicies tu vida siendo infeliz, si sabes cuál es tu porqué en la vida, ve a por el, si sabes qué es lo que no te hace feliz, sácalo de ella, si sabes lo que necesitas para sentirte bien, hazlo.

Y si no lo sabes, pero estás seguro de que algo falla, empieza a hacerte preguntas, miles de preguntas. Si te haces muchas preguntas, entre todas ellas, cuando estés en calma, si eres capaz de escuchar a tu corazón, encontrarás todos los motivos. Todas las respuestas están dentro de ti.

Y todo este rollo sale porque he visto un video —de estos que alguien comparte en una red social— de un programa de talentos en el que un chico, canta una maravillosa canción que dedica a un amigo que tuvo que irse antes de tiempo. Os recomiendo verlo. Su manera de interpretarla es magnífica, porque está cantada desde el profundo sentimiento de amor y dolor por la pérdida. Cuando uno pone el corazón en lo que hace, consigue transmitir, y hoy yo, quería trasmitir este mensaje de la misma manera, desde el corazón.

Solo eso.

No sé si lo he conseguido

P.D. Esta entrada no es para aquellos que nunca se han preguntado nada en la vida. Yo cada día tengo menos certezas.

MI VIERNES DE POESÍA…

Hubo un tiempo en que el baúl

estaba abierto,

lo fue llenando

de caricias, de besos,

lo llenó de sueños.

Cambio de título si. Así se llamarán los viernes cuando el poema sea mío.

De vez en cuando compartiré alguno de otro escritor, pero los míos van a aparecer cada vez con más frecuencia.

En este caso, y al contrario del tema que siempre utilizo, se trata de un poema especial para mi porque lo he escrito para otra persona y en lugar de hablar de amor, habla justo de lo contrario. Porque cada uno de nosotros, tiene su baúl.

EL BAÚL

Hubo un tiempo en que el baúl

estaba abierto,

lo fue llenando

de caricias, de besos,

lo llenó de sueños.

Hubo un tiempo en que tenía risas.

Con el paso de los años,

el baúl estaba lleno.

Abrió la tapa,

buscó las caricias

tenían polilla.

Revolvió un poco y buscó los besos,

estaban llenos de moho en el mismo fondo.

A ver si encuentro, dijo

algunos sueños.

Se habían convertido en polvo.

En cambio el baúl seguía lleno,

repleto.

Rencores, voces, reproches,

tedio, llanto, sinsabores.

Se dejó la tapa abierta

y salió todo fuera!

Ana Fernández Díaz

COMO UNA OSTRA

Resiliencia es la capacidad para sobreponerse a traumas, periodos de dolor emocional y situaciones adversas.

Estaba leyendo sobre las perlas, estos singulares regalos de la naturaleza que usamos en joyería para convertirlas en bonitas creaciones, extremadamente apreciadas por su belleza.

Las perlas son fabricadas por un molusco, generalmente ostras, mediante un proceso natural. A finales del siglo XIX tres japoneses descubrieron el mecanismo que hacía que las ostras creasen esta maravilla y a partir de entonces, además de las perlas naturales también existen las cultivadas.

El proceso natural se produce cuando una partícula de arena, polvo o cualquier parásito, penetra en la ostra y queda atrapado dentro de ella, alojándose en el suave cuerpo de ésta, que para defenderse, comienza a cubrir esa partícula con una sustancia, carbonato de calcio, (a la que llamamos nácar), y con el paso del tiempo forma la valorada joya. La perla no es otra cosa que la acción defensiva de la ostra contra aquello que la ataca o la invade.

Lo que en un primer momento es un trauma, que hace que el animal sufra por su invasión, generando una coraza, acaba siendo una preciosa perla muy estimada por quien tiene la fortuna de encontrarla.

En la actualidad, el noventa por ciento de las perlas que se utilizan, son cultivadas, es decir, que mediante la acción del hombre, que deposita en el interior del bivalvo la partícula y propicia las condiciones adecuadas, la ostra fabrica la perla. El proceso no se realiza de manera natural pero sigue siendo el molusco quien la elabora, bien en granjas marinas o bien en lugares artificiales creados para tal fin.

El caso es que, en este animalito, he encontrado un buen ejemplo de lo que es la resiliencia, siendo atacado, invadido, por un extraño, es capaz de defenderse, mediante el nácar, que utiliza como sustancia calmante y acaba fabricando una maravilla de la naturaleza. No sé si la ostra será consciente de su hazaña, si ella sabrá apreciar la belleza de su trabajo de defensa, y a lo mejor sólo nosotros lo vemos. De igual manera, a veces no vemos la belleza de nuestras creaciones, del esfuerzo, del trabajo duro, de la lucha interior por reponernos a los reveses de la vida, que deja creaciones, en forma de personas más blancas, más puras, más brillantes, cada vez más redondas, y más bonitas.

Siempre habrá partículas invasoras, problemas, momentos duros, pero todos, por muy blanditos que seamos, tenemos la capacidad de adaptarnos a ellos, de superarlos y de salir beneficiados si podemos fabricar el preciado nácar dando mayor valor a nuestra joya interior.

Y tú, ¿quieres que la vida te pase sin pasarte nada, o prefieres fabricar perlas?

AQUÍ Y AHORA

“Los niños no tienen ni pasado ni futuro, …, disfrutan el presente”

JEAN DE LA BRUYÈRE, Les caractères

Tener excelentes amigos tiene muchas más ventajas que inconvenientes. Una de esas ventajas es que te hacen regalos estupendos que te ayudan a ser mejor persona.

Mi amiga Ana me regaló uno de esos libros de los que hablo, y en la primera página ya, me encuentro con una frase que me sirve para la reflexión de hoy.

Durante la infancia, el tiempo pasa lento,  en llegar las vacaciones, tarda en pasar cada trimestre, tarda en llegar Navidad, tarda en llegar el cumpleaños, tardamos en crecer, en hacernos adultos, la mayoría de edad se hace eterna. Sin embargo la conciencia de que ese tiempo pasa lento, se hace patente en ocasiones muy puntuales, el resto del tiempo vivimos el presente con dedicación plena. No nos importa el pasado ni el futuro. Sólo el aquí y ahora.

Crecemos y empiezan las preocupaciones por el futuro. Los estudios, el trabajo, la pareja. Siempre pensando en lo que tiene que venir. Es el primer momento en que dejamos de vivir el presente para enfocarnos en lo que vendrá.

Maduramos y se añade un nuevo actor a la tragedia de vivir, el pasado.  A la vez que seguimos con las preocupaciones de lo que vendrá, de los hijos, de la casa, empezamos a lamentar lo que se fue y no vuelve, la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que no hicimos, de lo que no dijimos, de lo que hicimos y nos pesa. Nuevamente nos olvidamos del presente, y esta vez miramos adelante y atrás en lugar de disfrutar del aquí y ahora.

Esto se hace mucho más intenso con la crisis de los cuarenta, que nos recuerda que estamos a mitad de camino y es aquí cuando entra el vértigo de vivir. A mi me ha ocurrido así al menos. Es la terrible sensación de que lo que no hemos hecho, ya no podremos hacerlo, de que vamos tarde para según qué cosas. Esto genera una terrible ansiedad que a veces nos lleva a realizar verdaderas locuras pensando que es ahora o nunca. A algunas personas, esta sensación las lleva a profundas depresiones.

Cuando esta  crisis va moderando su intensidad, nos empezamos a dar cuenta de que no es tan terrible como pensamos. A medida que he ido leyendo artículos y opiniones sobre esta etapa de cambio, he ido dándome cuenta de que a todos nos ocurre algo parecido. Una vez que se va superando la parte más dura de ella, llega el aprendizaje. Siempre hay tiempo para cultivarse, para explorar, para amar, para estudiar, para realizarnos, sentirnos útiles.

Aprender a aceptar que la vida es el camino a recorrer, no la meta. Aprender a vivir el aquí y ahora, porque no sirve de nada lamentar lo que ya pasó, ni apenarnos por lo que nos queda, sea mucho o poco, que eso si que nunca lo sabremos. Cobra más  sentido que nunca la frase “vivir el presente”. Conscientes de que todo puede acabar en un momento.

También aprendes que cada día, tus personas queridas, estarán a tu lado por lo que eres, y no por lo que tienes. Por lo que significas para ellas, no por lo que les puedes dar. Das valor a lo que realmente lo tiene, que casi nunca es lo que puedes comprar con dinero, y dejas de llorar por lo que no pudo ser porque el tiempo pasado no vuelve.

Es hora de sentirnos niños y volver al momento presente. Sin recordar el pasado, ni ansiar el futuro. Aquí y ahora.

DIARIO DE TRIANA VI

Había salido a correr por la playa antes de comer. Estaba lloviznando, como casi cada día esa primavera. Pero a mi me encantaba correr con lluvia. El calor que me provocaba el esfuerzo de correr por la arena, era atenuado por la llovizna mojando mi cara, mis manos y mis muslos.

Y a pesar de la llovizna y la bruma, que vestía la playa de una luz fantasmal, era completamente feliz escuchado solo mi respiración.

Dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta eran mi bálsamo contra la soledad que me provocaba su ausencia, aunque ese día no me encontraba sola.

Llegué al porche de nuestra casa sin resuello. Me descalcé sentada en los dos peldaños que bajaban a la arena y sumergí mis pies en ella. Estaba fría, suave, y me masajeaba aliviando el calor.

Sacudí la arena y entré.

Una de mis melodías favoritas invadía la casa, y el olor a rica comida casera lo impregnaba todo.

Le encontré pegado a los fogones, entre cazuelas, ingredientes y una copa de vino.

Le vi de espaldas a mi, concentrado en lo que guisaba.

Sigilosamente me acerqué por detrás y pegué mi cuerpo al suyo, tatuando mis redondeces en su espalda.

Abracé su pecho y ronroneó.

Besé su nuca, erizando su piel y ronroneó.

Froté mi pubis a su culo y ronroneó.

Bajé las manos al interior de su pantalón y gruñó.

Ya había despertado a la fiera…

Se giró.

Me clavó sus profundos ojos oscuros y sin mediar palabra tiró de mi camiseta, arrancó mi pantalón acompañado de mis braguitas y sentándome sobre la encimera me explicó sin palabras, que mientras cocinaba, no se le podía molestar, so pena de recibir una lluvia de besos y caricias, acompañada de una paliza de amor regada con placer y una pizca de picante.

Bebió de mi, saboreó mi cuerpo, alimentó mi alma, nos nutrimos de pasión.

-¡Eres un excelente cocinero!, ¿te he dicho hoy que te quiero?

-No me suena

-Te quiero, y adoro tenerte en casa.