LA HORA DEL SUEÑO

Llega la hora del sueño,
atraviesa el silencio un recuerdo,
se detiene ante mi y lo arrullo en mi seno;
lo miro de frente.
Quiero atraparlo y se va lentamente;
un olor, un sabor, un instante vivido.
Evoca mi mente también un sonido
una voz que me llama insistente.
Me despierto en estado semiinconsciente.
Ya no está, ya se ha ido.
Sigo en vigilia esperando el siguiente.

Ana Fernández Díaz

SIGO

El castillo de naipes caído,
la dama de corazones
rota en pedazos al suelo;
Solo queda en pie una carta,
esta, desde la que te escribo:
que aunque no quiera, sigo.
Con tambaleantes pasos

y el corazón encogido,

sin castillo, sin rey, sin destino,
sin mañana, pero sigo.
Y no quiero,
porque seguir es esfuerzo

doble, penoso, cansino.
Y este tiempo detenido,
incrementa este vacío.
No quiero seguir,
pero sigo.

Ana Fernández Díaz

POEMA DE OTRA VIDA

Muda de razones para amarte, consciente de ganar esta batalla…

Muda de razones para amarte,

consciente de ganar esta batalla

contra el tiempo y la razón que me acompañan,

a ratos entregándome a la euforia,

a retazos confundida en la nostalgia.

Sin razón para encontrarme en otra historia,

sin motivos van mis huesos enterrados,

tus recuerdos ocupando mi memoria,

entre escombros del derrumbe sepultados

Ana Fernández Díaz

DOMINGO

Estaba viendo pasar algunas personas con la barra de pan bajo el brazo.
Es domingo.
No puedo evitar recordar mi niñez, en un pueblo de apenas veinte casas, donde el pan llegaba dos veces por semana, en una furgoneta que solo traía barras y hogazas; nada de las «tropecientas» variedades que hay ahora en el mercado.
En mi casa, se compraba una hogaza o dos; a veces éramos seis y a veces, alguno más.
El día que había pan fresco era estupendo, el resto, también. Nadie se quejaba por comer pan del día anterior o del anterior. Con las sobras, mi madre hacia «rabadas», que ahora se llaman picatostes, aunque eran un poco diferentes. Mojar en leche y huevo y freír. Espolvorear con azúcar. Manjar de dioses.
¡Y sigo viva!
¡Cuánta tontería tenemos, oiga!

Ana Fernández Díaz

ESTE ENCIERRO

Rebuscando dentro de la nada,
como un mendigo en un cubo de basura,
un resto que alimente ese fondo vacío,

en otro tiempo lleno de ternura;
Vacío de nutritivas palabras
enriquecedoras veladas,
ahora mas bien vanas.
Las agujas silenciosas
girando implacables este encierro.
El anhelo por volver a respirar la libertad
y un nuevo sueño.

Ana Fernández Díaz

HASTA MAÑANA

Hoy, como cada día desde que empezó esta locura, a las ocho me he asomado a la ventana para aplaudir a todos aquellos que están cuidando de nosotros. Como cada día, en el tercer piso del edificio de enfrente, se asoma una señora de edad avanzada, es difícil saber la edad precisa desde la distancia que nos separa y con lo mal que veo yo, pero parece mayor. Como cada día, aplaude frente a mí, mirando el resto de las ventanas. Desde hace unos días, cuando el aplauso se silencia después de varios minutos, me dice adiós con la mano y yo le digo adiós. Ayer tardaba en salir y la eché en falta. Me alegré cuando la vi de nuevo. Esta tarde a la misma hora, en la misma ventana, el mismo ritual. Al finalizar, la busco y me dice adiós, esta vez, me habla elevando un poco la voz para que la escuche:

-Hasta mañana -le oigo decir mientras me dice adiós con la mano.

Le tiro un beso con mi «hasta mañana».

Y se me hace un nudo en la garganta.

Un nudo que tarda un buen rato en deshacerse.

«El mundo está cambiando», es la frase que más escucho últimamente y yo pienso que para mejor.

¡Hasta mañana!

Ana Fernández Díaz