PERSONAS DE PIEL

Hay un término que he conocido hace poco que nunca había escuchado antes y por mucho que he buscado no encontraba definición,

El término es

MUJERES DE PIEL.

Y como seguro que tampoco vosotros vais a encontrar lo que significa, os lo voy a explicar enseguida.

Algunas de vosotras me vais a entender al momento y creo que la mayoría de vosotras vais a saber de qué hablo nada mas que empiece con la explicación.

Una mujer de piel es aquella a la que se le eriza la piel por las cosas más inverosímiles.

Que llueve y la coge el aguacero?

Piel de gallina mirando al cielo disfrutando de la lluvia.

Que empieza a nevar?

Erizada entera mirando los copos caer tras la ventana.

Que abraza a alguien a quien quiere con locura?

El vello de la nuca completamente de punta.

Que escucha una canción que le trae recuerdos del pasado, o le hace imaginar futuros momentos?

Todo el cuerpo erizado

Un soplo de viento en la cara?

Suspiro hondo y piel como escarpias.

Que encuentra una conexión cósmica con un alma gemela? Si, la saben identificar cuando la ven.

Pues piel como espigas que diría un amigo.

Que encuentra unos ojos en la multitud que traspasan fronteras?

Pues más de lo mismo.

Y esto yo sólo lo he conocido en las mujeres, pero estoy segura de que los chicos también tenéis esos momentos, y aunque no lo contéis mucho, como yo sé que por aquí me siguen unos cuantos llorones, seguro que tenéis algún momento así de raro en el que se os ha erizado la piel entera.

¿Cuántos y cuántas me contáis vuestros momentos de piel erizada por causas inexplicables?

FLOTAMOS, NADAMOS O NOS SALIMOS DE LA PISCINA?

A mi esto de ir de vez en cuando a curar cuerpo y mente al Talasoponiente no sabéis todo lo que me da de sí.
Además de los beneficios que tiene estar metida horas entre agua a distinta temperatura, disfrutando de múltiples sensaciones, le tengo que añadir todo lo que me aporta para mis reflexiones.
Hoy os cuento lo de la piscina de corrientes
Alrededor del jacuzzi, hay una piscina redonda. Se llama Río contracorriente y es eso precisamente, un río en el que unos chorros  provocan corrientes que te arrastran en círculos.
Pues bien, cuando estás dentro, si te dejas llevar, resulta muy placentero porque sientes que flotas, y avanzas, suavemente, sin esfuerzos, boca arriba, flotando, sintiéndote ligera, etérea, en silencio, en completa paz.
Si decides nadar entonces encuentras que vas muy rápido, resulta fácil, sólo dar una brazada te hace ir a toda velocidad, pero puede ocurrir que en el camino arrolles a otros que van disfrutando de flotar sin mas.
Y cuando quieres salirte de la piscina, has de nadar contracorriente.
Eso si que supone esfuerzo, aunque al final lo consigues claro, si no estaría escribiendo el post desde allí.
Algo parecido nos ocurre con nuestras experiencias vitales.
Hay momentos en los que uno sólo puede o sólo quiere dejarse llevar, suavemente, con la corriente, disfrutando del paseo, sin preocupaciones, sintiendo que eres parte del agua.
En otros muchos decides avanzar muy rápido, porque el objetivo lo requiere, tomas decisiones sin pensarlas demasiado, pero corres el riesgo de atropellar a otros que nadan mas despacio. Estos momentos son los de más vértigo porque a gran velocidad te pierdes muchas cosas por el camino, pero también son los que nos estrujan por dentro y con el tiempo los recordarás como los verdaderamente emocionantes de tu vida.
Y luego quedan aquellos otros en los que te cansas de dejarte llevar o de avanzar rápido con vértigo y nadando contracorriente decides salirte porque te das cuenta de que estás girando en círculos y no te lleva a ninguna parte.
Resulta duro salirse, has de agarrarte al  borde y nadar con fuerza.
Exhausto pero satisfecho logras tu objetivo.
Y ahora ¿qué hacemos?
¿Nos dejamos llevar, nadamos para ir más rápido o nos salimos?
Pues dependerá de lo que queramos conseguir.
Es placentero flotar, pero si nunca cogemos velocidad no sabremos lo que es el vértigo, y cuando nos cansemos de nadar en círculos, el instinto de supervivencia y el trabajo duro nos sacarán de la piscina.
Una vez conseguido, sólo queda darnos una ducha y a casita.
La vida sigue girando y el río también y cada uno de nosotros decide a qué piscina se tira, si nada, o disfruta dejándose llevar, y cuándo es el momento de salirse.

EL CUBO DE AGUA JAPONES

Hace unos días pude disfrutar con mi amiga de una experiencia de relax en el centro de talasoterapia de mi ciudad. Con un sin fin de piscinas, jacuzzis, chorros, y burbujas.

Pasamos por las diferentes zonas de baño, salado, dulce, cromoterapia, musicoterapia, piscina de agua salada, de agua dulce, pediluvio, que nos quedó el cuerpo molido.
Entre todas estas versiones, hay dos que merecen mención especial.
Una de ellas es un Flotarium.
“Una piscina de agua hipersalina, a 36 grados de temperatura en el que la luz es muy tenue, anulándose los estímulos visuales, y gracias a esta ausencia de estímulos externos se eliminan el 90% de las señales enviadas al cerebro, llevando a una situación de aislamiento sensorial que genera un estado profundo de relajación física  y mental”, palabras textuales con las que la describen.
Y la otra se encuentra dentro de los distintos circuitos que componen parte del recorrido. Concretamente dentro del circuito japonés.
Hay una ducha, que se llama cubo frío.
Yo pensaba que era una ducha con forma de cubo, y que el agua salía fría por todas las paredes del cubo.
Pues no.
Es exactamente lo que dice: una ducha, con un cubo de agua fría, o más gráficamente, entras en una ducha, tiras de una cuerda y haces que un cubo de agua fría se vuelque y te caiga encima.
Bueno pues esto que puede parecer una bobada, nos dio a mi amiga y a mi para reflexionar largo y tendido durante todo el resto del día.
Resulta que en el flotarium, en completa relajación, nos encontrábamos encantadas, relajadas y felices, pero cuando accionamos el cubo japonés y el agua fría nos cayó sobre la cabeza, dejándonos en estado de shock, nos dimos cuenta de que aunque hay momentos para la relajación, a nosotras en realidad lo que nos va son las emociones fuertes.
Y eso llevado a nuestra experiencia personal, describe perfectamente la manera que tenemos de vivir
No en vano dice:
Anita, a nosotras lo que nos va es el cubo frío japones.
¡Y yo no puedo estar mas de acuerdo!

GESTIONANDO CAMBIOS

Conciliar vida laboral y familiar no es tarea fácil.
Añadir a esto, intentar seguir formándote, es complicadísimo.
Pero como a mi, ya nada se me pone por delante, intento colocar horarios, reorganizar tareas, ubicar niña y planificar un sin fin de intendencias  para poder asistir a un curso por las noches que me interesa mucho.
Llego al curso, que dura un mes, y por cuestiones burocráticas varias, se suspende hasta dentro de una quincena!!!!
Claro, yo me pongo como un basilisco, porque no nos han avisado, porque tengo que reorganizar todo de nuevo, en fin, un follón.
Cuando llego a mi casita y me siento delante del ordenador, y abro mi facebook, resulta que me han cambiado de nuevo el aspecto de la biografía, y lo que antes estaba a un lado, ahora va al otro, y lo que estaba al otro, va al uno.
Y encima dice el cartelito: “encuentra más fácil toda la información, bla, bla, bla…..”
¡Si yo ya sabía dónde y cómo tenía mi información, era mía, la coloqué yo!
En resumen, que me pongo de nuevo como un basilisco, porque no me gusta que me cambien las cosas de sitio sin mi autorización, y dos de mis amigos, (ten amigos para esto) me dicen que lo que me pasa es que gestiono mal los cambios.
¿Que gestiono mal los cambios?
Señores, llevo gestionando los cambios toda mi vida, pero ahora en los cuarenta, si que es verdad que no hago otra cosa.
Voy a la tienda a por mi crema hidratante de siempre y me han cambiado el envase, (esto es para hacer los botes más gruesos y poner menos producto).
Encima me dice la dependienta, que me ve poner cara de póker, que ahora ya no debería llevar la hidratante normal, que mejor una anti-edad, (la miro y la estrangulaba de buena gana), pero me cambio de crema sin rechistar.
Resulta que mis pantalones de siempre, ya no me quedan como siempre, porque mi trasero ya no está en el mismo sitio, así que me pongo a correr como una loca para recuperarlo.
Empezar a correr a esta edad tiene mucha miga, conlleva descubrir lesiones donde no sabías ni que tenías músculos, y encima que la fisio te diga que es que esos músculos ya no recuperan como antes.
A eso añadimos las patas de  gallo que un día me descubro en el espejo, (por eso lo de la anti-edad claro).
Me he tenido que adaptar a la nuevas formas que tienen de educar a nuestros hijos, que ya no sé ni cómo enseñarle una puñetera resta llevando.
También tengo que adaptarme a la moda, a las nuevas tecnologías…en definitiva, que mi vida es una pura gestión de cambios constantes
¿Y me dicen que gestiono mal los cambios?
Gestionar mal los cambios, es ponerse a pegar tiros como el protagonista de la película “Un día de furia”.
Lo que yo hago es una simple pataleta, una protesta inocente, que es lo único que se puede hacer cuando los cambios, además de obligatorios, nos vienen impuestos por otros que no tienen ni idea de los que tengo que gestionar a diario ya por norma.
¡Y los que me quedarán!
De todos modos tranquilos, no voy a gestionar ningún cambio en mi lista de amistades, ese creo que si que lo llevaría fatal, jajajajajaja.

 

RECUERDAME QUE NO HAGA MAS EL TONTO

Me dice una amiga mía muy querida:
-Recuérdame que no haga mas el tonto, y de paso te doy permiso para que me des de tortas!

Y yo pienso que nos pasamos la vida haciendo cosas que no deberíamos hacer, y me gustaría saber, ¿cuál es la fuerza que nos empuja en esos momentos a hacer lo que sabemos que no nos conviene para nada?.
Quizás un instinto animal, quizás una vena masoca, quizás el subconsciente retorcido que anida en nuestro interior…quién sabe?
Y aunque tengamos una persona a nuestro lado que nos dice que no hagamos más el tonto, y que nos dé de tortas por ello, pues nada oye, que seguimos erre que erre con lo mismo.
Y es que uno no escarmienta por cabeza ajena, sino que tiene que toparse quinientas veces con la misma piedra y abrirse la cabeza, para darse cuenta de que ese no es el camino. Y aún así hay veces que pensamos que si no podemos pasar por donde está la piedra, a lo mejor, podemos escalarla. Y lo intentamos hacer, olvidándonos de que no somos especialistas en altura, ni montañeros experimentados, y cuando nos caemos, otra vez nos abrimos la cabeza, y de paso nos rompemos las piernas.
Pero bueno, de caerse y volverse a levantar, es de lo que se trata la vida no?
¡Pues venga, todos a ponerse el casco, rodilleras y coderas, y que sea lo que Dios quiera!