¡ME HA TOCADO EL GORDO!

“Sabe Dios nuestro señor mejor dar, que nosotros pedir”

La abuela Anita

Este año me ha tocado la lotería, si, así, literal. Y me ha tocado desde varios flancos.
Mi amiga Natalia cuyas experiencias vitales la han llevado a ser cada vez mas sabia, me dice que tenemos que pedir y se nos concederá. Mi amigo David tenía una abuela, que se llamaba como yo y solía decir “Sabe Dios nuestro señor mejor dar, que nosotros pedir. Yo, que no soy demasiado creyente pero que me encantan los dichos de abuelas, no sé si es Dios quien nos los da o el universo, la galaxia o quién. Rajoy si que no es, de eso estoy segura, pero estoy de acuerdo con el pensamiento de Natalia y con el refrán de la abuela Anita porque este año lo he comprobado empíricamente.
Este año con todos mis cambios vitales, cada vez que necesitaba algo, no un capricho, si no algo realmente necesario para mi en ese momento, me ha sido puesto delante por algún extraño motivo, como ahora que estaba necesitando algo y me han tocado cien euros en la lotería de los dos únicos decimos que jugaba.
Podéis pensar que es una simpleza pero han sido varias cosas distintas, tales como necesitar a alguien que se lleve unos muebles de mi casa y aparecer ese alguien.
Y luego en el otro lado están las cosas, que no pedí, pero que Dios, o el universo o quien se encargue de estas cosas, me ha traído para darme cuenta, aunque ya lo intuía de la suerte que tengo.
Esas otras cosas, que no son cosas si no personas, no han aparecido solo este año.
Han venido llegando desde hace unos cuantos, para darme justo aquello que me hacía falta. Esas personas, me han traído algo que no solemos pedir pero que es tremendamente necesario: Serenidad, amor, calma, reflexión, aceptación, ternura, pasión, cordura, locura, risa, llanto, alegría, coherencia, y sobre todo PAZ.
Por eso creo que este año y el que viene, no puedo pedir nada más que conservar todo eso y a todos ellos.
A Ana, a Sandra, a Yoli, a Natalia, a David, a María, a Tucho, a Roberto, a Nanda, a Juana, a mi familia y a unos cuantos más que me han llenado de sensaciones preciosas les debo el seguir de pie pese a las dificultades, y para ellos y para todos vosotros, pido justamente lo mismo que yo he recibido.



Feliz navidad

LA ENCONTRÓ

Su incansable curiosidad, le llevó a explorar hasta encontrarla.

La buscaba en cada mirada perdida.

Entre las hojas caídas de los árboles que se arremolinaban en los parques con la brisa de otoño y en ese torbellino inquieto veía su exaltado carácter.

La buscaba en cada ola que besaba la arena y en el vaivén cadencioso adivinaba su elegante paso.

Escrutaba en el cielo nocturno el centelleo de una estrella lejana,

encontrando en ese fulgor el brillo de su sonrisa clara.

La soñó sin tenerla ni cerca,

la añoró sin llegar a tocarla

y cuando supo de su existencia, salió a buscarla.

Escaló puertos, navegó montañas.

Su equipaje de mano lo formaban su extensa ternura y la curiosidad desbordada

«Amor puro» —decía, cuando haciendo el amor la miraba.

Ana Fernández Díaz

FRAGMENTOS DE UNA VIDA, O DOS.

«Esto tienes que escribirlo» –dijo mientras se miraban antes de dormirse y pensó que no sabría encontrar la palabras necesarias para contar lo que estaban viviendo.

Había tenido una vida plena en experiencias afectivas pero no imaginaba que a su edad fuera capaz de vivir y sentir todo el torrente de emociones que le embargaba desde que se conocieron.

Si unos meses atrás le hubieran dicho que se iba a enamorar de aquella forma, se habría reído con ganas.

Un mente hecha para los números, para los negocios, para las decisiones complicadas en cuestión de segundos, no albergaba siquiera la idea remota de que podía existir el amor a corazón abierto.

En su juventud tuvo experiencias claro y en la edad adulta,ya formalizada su vida, todo ocurrió según los parámetros establecidos, sin sobresaltos, boda, hijos, lo normal.

Y entonces ocurrió.

Se encontraron y se amaron.

Sus reservas de ternura, nunca antes exploradas ni explotadas, fueron inagotables, sorprendiéndoles cada vez que se amaban hasta el llanto emocionado.

Nunca antes la ternura y nunca antes la pasión. Nunca tanta piel añorada, nunca excelsas caricias después de amarse. Nunca antes, deseó terminar de amar para empezar a acariciar.

Entonces fue cuando descubrió que hasta que tocó su piel, sus manos estuvieron vacías.

Sintió miedo, pánico, incertidumbre. Sintió dolor, pavor ante lo inevitable. Todo fueron preguntas y la única respuesta y la única certeza fue que se amaban. Nada más y nada menos.

Despertaron horas después, sudorosos, sus cuerpos pegados, adheridos a la otra piel, ajada ya por el paso del tiempo. El olor impregnando las sábanas, se abrazaron sabiendo que eran la tabla de salvación del otro y que jamás se sentirían solos porque tenían a otro viviendo bajo su piel. Volvieron a dormirse pensando en su amor crepuscular, como les gustaba llamarlo.

Y soñaron…

Fragmentos de una vida

Ana Fernández Díaz