ENAMORARSE A LOS CUARENTA

Cuando tienes quince años, vives en una continua efervescencia. Todas las hormonas de tu cuerpo están revolucionadas. Enamorarse a esa edad, es trágico porque todo es intenso y definitivo.
El primer amor siempre marca mucho, deja huella, sufres un montón, tienes mil inseguridades y miedo a lo desconocido.
Y cuando se termina, todo es terrible, crees que nunca volverás a enamorarte, que vas a ser un alma en pena toda tu vida, en fin, el drama de la adolescencia.
Pero cuando ya tienes los cuarenta…siento decirlo, es aún peor.
Estos días lo hablaba con mis dos amigas, las dos están en plena efervescencia ahora, y es como un tsunami que las arrastra. La ciclogénesis comparada con esto no es nada.
Enamorarse a los cuarenta es con diferencia mucho peor que a los quince.
Las hormonas no es que estén descontroladas, es que saben ya lo que quieren y cómo conseguirlo, y si a los quince esperas por miedo a lo desconocido, a los cuarenta abrevias mucho el recorrido y vas al grano en la segunda cita.
También sufres un montón porque en teoría eres adulta y madura, pero si no te llama o no te escribe, estás como una gata rabiosa valorando a ver si le ha atropellado un tren o si está en un hotel zumbándose a otra. Ya ni te cuento lo de las inseguridades, porque las estrías,las canas, la tripilla, la celulitis o el pecho caído, pues en fin, es un mundo en sí mismo.
Pero lo peor de todo creo que es la sensación de urgencia porque como no lo hagas ya, no sabes cuánto tiempo te va a quedar, entonces aceleras los trámites y no mides.
Enamorarse a los cuarenta es una montaña rusa, con las sensaciones que tenías a los quince pero multiplicadas por mil por la edad y la experiencia. Y aceleradas por diez mil, por la urgencia de que estás en la mitad de la vida y ya queda menos para disfrutarla. Y en muchas ocasiones, con la certeza de que te vas a dar la torta del siglo, pero con el convencimiento de que debes vivirlo intensamente o habrás dejado de existir.