UN SACO DE MIMOS

Tengo una innata capacidad para escuchar, comprender y consolar a la mayoría de las personas que se pasan por mi existencia.
También tengo, no se por qué, un enorme imán que atrae a todo aquel que se siente desdichado, triste o compungido.
 Y por tanto, genero la confianza suficiente para que cuando se me conoce un poco, la gente tienda a confiar en mi, y me desvele sus más íntimos miedos, secretos, vicios, confesables o no, y fobias varias.
 Al final, resulta que en determinados momentos acabo ejerciendo de confesora, asesora, psicóloga y amiga, aún sin serlo.
 Y tengo un saco enorme de mimos varios, para todo aquel que los necesita, que dicho sea de paso, me agradecen infinitamente.
Ese saco no es inagotable, también se consume.
En muchas ocasiones, demasiadas, me doy cuenta de que estoy rebuscando en el fondo, a ver si consigo encontrar un puñado de ellos que creía que me quedaban, y no aparecen.
 Ese puñado, que no encuentro cuando más lo necesito, es precisamente, el que se me olvida guardar para mi.
Y es que todos nosotros deberíamos tener una pequeña reserva de mimos, de los más especiales, de los más calentitos y dulces, para nosotros.
Para nuestros momentos de auto compasión, de derrota, en los que nos lamentamos de nuestra existencia, con razón o sin ella.
 Para cuando nos sentimos pequeñitos, y sólo un buen baño de mimitos nos consuela.
 Pero como no queremos pecar de egoístas, nos dejamos en el fondo del saco, sólo las migajas, y a veces, ni siquiera eso.
A partir de ahora, prometo tener una pequeña bolsita de reserva…por si acaso, llegado el momento, los puedo necesitar.